EL INVENTOR DE PALABRAS

Oriundo de la villa terracampina de Joarilla de las Matas, Eladio Ramírez, no criaba palomas ni dedicaba afanosamente interminables jornadas a la agricultura, como la mayoría de sus vecinos, aunque bien es cierto: llegó a cultivar un huerto como pasatiempo, tras su jubilación.

Los otros del pueblo llamábanle "Ladis", acortando en una letra su nombre de pila, por cierto, idéntica denominación a la que ostenta un monte comarcal, no muy distante de Joarilla.

El rostro, calco del semblante de su progenitor, Leovigildo-Serapio. "Ladis" era de estatura elevada por encima de la media masculina de aquel tiempo. Y enjuto de complexión, la piel amorenada.  Nadie en toda su vida le vio con kilos de más. 

Del padre heredó algo más que los rasgos de la cara. También le transmitió su progenitor el gusto por el lenguaje. Leovigildo-Serapio era "chalán" de profesión, como se decía entonces, o tratante de ganado, en los años veinte, treinta y cuarenta del siglo XX. Acudía a las ferias de ganado que se tenían lugar periódicamente en las provincias de Salamanca y León, como por ejemplo, la famosa feria de Mansilla de las Mulas, ya desaparecida. Durante sus desplazamientos a caballo de feria en feria, Leovigildo iba recogiendo revistas y periódicos. Y los llevaba hasta Joarilla. Después, en el salón-cocina de su casa, Leovigildo (quien superó el analfabetismo de su  infancia y juventud, aprendiendo  a leer y escribir el solo ya en edad adulta) leía artículos periodísticos en voz alta para los vecinos que estuvieran interesados. De esta manera, los vecinos de Joarilla estuvieron al tanto de las noticias más destacadas que acaecían allende las confines muy limitados de su pequeña aldea, en otros lugares de España. 

Volviendo a "Ladis", éste eligió este oficio: inventor de palabras, que a pesar de no estar reconocido socialmente, pongamos por caso, como el de su padre, a él le proporcionaba solaz y deleite y con eso bastaba. En el desempeño de dicha tarea, hacía alarde de maña y gracejo y a menudo también daba muestras  de talentoso esmero.

El lector ya se estará preguntando espoleado por la curiosidad  qué clase de términos, modismos y vocablos sacaba de la chistera de su creatividad con tanta soltura nuestro fabricante de palabras. Quienes le conocieron aún son capaces de recordar algunas de sus creaciones, de las que  a veces dejaron constancia escrita con trazos de plumilla mojada en tinta. En cambio, otras palabras acuñadas por este ingenioso hombre rural se sumergieron en la densa niebla  del olvido. Ya sabemos: "Verba volant, scripta manent".

Exponemos una breve compilación de sus inventos y hallazgos lingüísticos que son de lo más variopinto y, faltaría más, lucen el marchamo inconfundible y sello de nuestro personaje. Junto a ella, se ofrecen además anécdotas, aspectos y pasajes de su vida que ayudan a dibujar o al menos a vislumbrar mejor  los contornos  de su personalidad. 

A los dulces, de forma genérica, los denominaba: "desestimadas" y tras pronunciar esta palabra pasaba lentamente los dedos de la mano derecha por su garganta con cara de satisfacción. Al dinero o  bienes económicos los llamaba: "jalleres". Si atravesaba problemas financieros afirmaba que estaba en: "cris", no en crisis. "Lizarear": poner los cimientos de una casa. Sobre la generosidad se contradecía, como vamos a comprobar. Esta frase suya tan lapidaria no aboga por la generosidad: "el que da muere". Sin embargo, otro proverbio, que no sabemos si fue inventado por él, pero el caso es que lo usaba, rezaba así: "Dichosa la aceitera, que da para adentro y para afuera". Muchos compartirían su análisis sobre el panorama politico: "la política está emputecida". Queda patente su raquítica simpatía por el mundo clerical: "Cuando un fraile te abre la puerta del convento -solía decir- lo primero que te pregunta es: ¿qué traes?" . También decía, en tono jocoso: "Indeluego, la patata cocer coce", que al parecer era una frase predilecta de un vendedor ambulante bastante simpático que en otros tiempos pasaba por Joarilla. Era célebre su querencia por los insultos compuestos, a los que valiéndose de su destreza, elevó a nivel y rango artístico; "sinvergonzorra", y también la palabra "estupimetre": resultado de mezclar estúpido y petimetre. Por no hablar de "cabronícola", auténtica joya lingüística, fruto de un intrépido maridaje conceptual, que viene a significar: un tipo de canalla especialmente tosco y  rudo, el cabrón de las cavernas. 

No sabemos el significado exacto de este "palabro": "pinforriano" o "pinforriana", nacido de su obrador mental, pero sin duda no se trata de nada elogioso sino que más bien se acerca a un improperio. Esta expresión que recogemos a continuación era usada en el pueblo, pero el fabricante de vocablos la utilizaba con mucha frecuencia: "¡Será latigante el zagal!" o "¡Menudo latigante está hecho!". Así mismo decía jacarandosamente: "Quieto, danzante". Recitaba "refranes"  declamados por los mozicos del pueblo, cuando él era joven, durante las fiestas de San Antón; "                              ".  Cada vez que algún fulano le preguntaba dónde o cómo había conseguido una antigüedad, pues también era aficionado al coleccionismo de estos objetos cargados de años, él respondía circunspecto: "Nunca revelo la fuente". Así era "Ladis", genio y figura... Sus contemporáneos estaban de sobra acostumbrados tanto a su brillantez como a sus ocasionales extravagancias.

Durante un funeral por un pariente cercano, transido de dolor, le brotó del alma esta frase: "Mas valía estar muerto". Cuando una mujer se arreglaba y se ponía un buen vestido, él comentaba: "Se ha puesto marillera, como Marylin". Bailar, según él, era realizar "movimientos sobre el eje". Asímismo, otra de sus facetas era recitar de memoria romances, noticias truculentas  y coplas que había oído cantar a los ciegos que recorrían los pueblos como por ejemplo los tirulados:                                        . Realmente impresionaba su recitación seguida, sin titubeos, sin un solo error, de romances de más de cien versos, romances seguramente de origen medieval. En los últimos años de su vida, sobre el tema de la vida social y sus convenciones, dejaba caer decepcionado esta opinión: "Farsa y comparsa". A veces usaba esta comparación, muy de su agrado: "astuto como una raposa". Una vez dijo: "vinon" y alguien le corrigió: No se dice "vinon" sino "vinieron", pero él no se dejó corregir y repitió, : "vinon". Conviene saber que         Cuando su esposa le reprochó en una ocasión que la bodega (una de esas bodegas muy típicas de León y Zamora excavadas en las laderas arcillosas de los cerros) estuviera tan sucia, el respondió, reafirmándose, contundente: "Una bodega sin telarañas no es bodega". Nunca olvidarán quienes presenciaron aquella escena, en la que, en medio de una fiesta con baile incluido, el inventor gritaba a la "Niña de de la Puebla" (mote que endosaron a una inocente anciana de la aldea): "¡Pasa, leona, pasa leona!", entre las carcajadas de los asistentes, que se morían de risa.

Hubo un vecino que intrigado por aquella peculiar facultad  para inventar palabras, le preguntó al "creapalabras": ¿de dónde vienen esas palabras que te inventas?"  Enigmáticamente y como dispuesto a emular el estilo de expresión de aquel filosofo griego apodado "el oscuro", debido  a la difícil interpretación de sus aforismos, "Ladis" respondió: "Por el mismo lugar de donde han venido, las palabras se van".

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