INFORMAR PARA DESINFORMAR

Hoy en día se crea artificialmente confusión y opacidad mediante la sobreinformación.

Paradójicamente, se desinforma a través de la generación de información, un ingente volumen de datos y  noticias. Una cantidad tan enorme de informaciones que acaba provocando aturdimiento y escepticismo en el receptor de semejante aluvión informativo.

De este modo, se alcanzan simultáneamente varios objetivos por parte de las grandes empresas que dirigen y controlan los medios de comunicación de masas. Cuatro de esos objetivos, a mi juicio, admiten el adjetivo de primordiales.

Primero. Preservar en los países democráticos la idea o apariencia de que existe realmente "libertad de expresión", derecho que suele plasmarse en las constituciones de dichas naciones. 

Segundo. Crear confusión y relativismo informativo mediante saturación. Actualmente, es de tal calibre la avalancha informativa que nadie es ya capaz de saber si las noticias que son lanzadas al gran público son veraces o " fake news", si son verdad o mentira, si son objetivas,  tendenciosas, amalgama de realidad y ficción, directamente falsas.

Tercero. Que la industria generadora de noticias siga funcionando a pleno rendimiento, a un ritmo cada vez mas acelerado. Los millones de informaciones supuestamente de tipo periodístico que elabora esta  industria tan potente, a través de diversas agencias, se conciben como productos que se compran y venden en el mercado y por consiguiente,  activa beneficios y flujos de capital. 

Y cuarto. Adoctrinar, más que informar. El ciudadano, bajo el  modelo descrito, deja de ser  alguien que quiere informarse de lo que sucede en la actualidad y es convertido lamentablemente en un consumidor de noticias y de las ideologías más o menos camufladas que contienen esas noticias en su interior.  

Ante tanta circulación (en creciente aceleramiento) y tráfico de informaciones, muchas de ellas contradictorias entre sí, el lector, oyente o espectador de noticias, en cualquiera de sus formas (digitales, periodísticas, televisivas, radiofónicas...) ya no saben a que atenerse.

Debemos añadir a esto que el lector promedio carece de tiempo suficiente para verificar adecuadamente la objetividad de las informaciones que llegan a sus ojos y oídos.

Además, el aceleramiento general del sistema productivo (al menos en los países de la órbita occidental) que exige la fabricación de mas productos e imprime más velocidad a las industrias que lo componen, incluida la industria de la producción de noticias, tiene como consecuencia que el flujo de noticias sea más rápido y casi no de tiempo al lector o espectador a asimilar el contenido de las noticias, que son sustituidas por otras enseguida.

Ante esta situación, surge la duda en la mente de los destinatarios de las noticias, una duda que va aumentando de tamaño hasta convertirse en escepticismo. Despues, aparece en escena la desconfianza y de la desconfianza se pasa enseguida a la actitud de sospecha y recelo e incluso, en no pocos casos, al pensamiento conspiranoico.

Si hay mucha información, seguramente demasiada, pero no sabemos si es cierta o no y por lo general no tenemos la mayoría de los ciudadanos tiempo o recursos para comprobar su veracidad, no se puede afirmar con propiedad que haya noticias y que circule la información.

Al tratarse a menudo de pseudoinformaciones, al mezclarse lo real con lo ficticio, al ser de hecho información chatarra, al abundar la información mendaz, de escasa calidad o descaradamente falsaria, entonces podemos llegar a la conclusión de que no existe o no se halla  a nuestra disposición información realmente verosímil y objetiva.

Esto equivale de facto a la no información. Si no hay información verificable o que es difícilmente verificable, unos datos objetivos y que respondan a la realidad de lo que ha sucedido o está sucediendo, es como si a fin de cuentas no hubiera información.

Lo que en otras épocas o periodos se definía como información (saber qué pasa) hoy día se ha transformado en relato, mera suposición, hipótesis, rumor, versión narrativa, conjetura, una sucesión de ideas peregrinas, ocurrencias del periodista de turno, supuestas conspiraciones de no sabemos quien o por qué...

Novelas con apariencia de noticia, crónicas entretenidas con muy poco fundamento, discursos ideológicos disfrazados de primicia y un largo etcétera de sucedáneos de la información objetiva, la que busca o procura exponer y describir la realidad de unos hechos.

Para empeorar la situación, en la mente de las personas receptoras de "noticias" y (pseudo)informaciones periodísticas, el escepticismo profundo, la incredulidad y el recelo, cada vez mayores, se unen al aturdimiento por sobrecarga, generados por la inundación y el exceso de informaciones, que a menudo se repiten hasta el aburrimiento.

¿De qué sirve una legislación que ampara la libre expresión y difusión de noticias si un número elevado de esas noticias son "fake" en todo o en parte, están deformadas, sacadas de su contexto, se muestran incompletas o mutiladas, se presentan sesgadas, no van dirigidas al intelecto sino que pretenden activar resortes emocionales para nublar la mente e impedir o al menos entorpecer el pensamiento racional? 

¿Qué nos aprovecha ese tipo de periodismo repleto de noticias portadoras de falacias lógicas, sinsentidos o razonamientos incorrectos, dislates e insensateces, todo ello generalmente motivado por intereses creados de tipo político, económico, geoestratégico o ideológico y también a causa de mala fe o simplemente por falta de profesionalidad en quienes se dedican a informar o elaborar noticias?

Aunque, teóricamente, las leyes de carácter democrático garanticen el derecho a una información veraz, en la práctica se constata con bastante claridad que en las sociedades actuales, la sobreinformación, la saturación de noticias, tergiversaciones, contaminaciones y excesos conduce finalmente a la desinformación, por no decir a la antiinformación.

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