EL CONDE DE TORRE BERMEJA
Descendiente de una estirpe de aristócratas que durante siglos mantuvo vinculación con la corte real, el conde de Torre Bermeja había heredado de su ilustre alcurnia una finca de solaz y recreo en las proximidades en la ciudad de Toledo.
Se trataba de una extensa propiedad, más de cien hectáreas, ubicada en medio de un paraje tranquilo, surcada por un pequeño río y abundante en vegetación. Sobre un altozano, en el área norte de la quinta, se erigía un palacio con numerosas estancias y aposentos.
Encima del portón de entrada al palacio, que estaba flanqueado por columnas dóricas, destacaba un escudo nobiliario y una corona condal, ambos esculpidos en mármol, y una inscripción con letras mayúsculas: "SEMPER PLUS", el lema de esta familia perteneciente, por méritos indiscutibles, lazos de parentesco e inveterada tradición, a la alta nobleza.
Frente al palacio se situaba una fuente ovalada con varios surtidores de donde manaba agua de forma continua. Y bastante cerca de dicha construcción palaciega se podían ver caballerizas, prueba de que los dueños anteriores, integrados dentro de la rama materna de su genealogía, practicaban con asiduidad la equitación. Durante su niñez -lo recordaba bien- el conde había visto a los tres hermanos de su madre participar en cacerías a caballo.
El plantel de empleados que atendían el palacio y la finca se componía de un mayordomo, tres doncellas de servicio, un chófer, dos jardineros y un guardián encargado de la vigilancia, que vivía todo el año en la quinta.
Con respecto a la decoración interior del palacio, esta seguía una pauta en virtud de la cual debía prevalecer, como de hecho así ocurría, la búsqueda de comodidad y bienestar en detrimento de la ostentación y refinamiento desmesurado, salvo en alguno de los salones. Había muebles y elementos decorativos de estilo vetusto y moderno, por norma general, combinados con acierto.
La decoración estaba formada por sillones y armarios, espejos con marco dorado, lámparas de araña en cristal, mesas talladas de nogal, estanterías con libros encuadernados a la antigua usanza, una armadura en óptima condición, ventanas de tamaño notable, cortinajes con borla, techos que mostraban frescos pintados, una serie de retratos al óleo de antepasados, una colección de valiosos relojes, trofeos de caza, una cama con dosel en la alcoba principal, alfombras, jarrones, tapices...
A cualquier persona mínimamente sensible a las bellezas del mundo natural le agradaría pasear por la finca del conde. El mismo noble lo hacía, de tanto en cuanto, pues hallaba complacencia en deambular por sus espléndidos jardines.
El paseante va a encontrar dentro del recinto altísimos pinos, lilares de fragante flor y encinas de robustez y longevidad asombrosas, estatuas que representaban dioses y personajes de la mitología grecorromana, un par de puentes de ladrillo y piedra labrada que permitían sortear el río, dos casetas de jardinero, un almacén de semillas y plantones, una casa de estilo alpino tal vez inspirada en la la literatura nórdica, caminos y veredas ondulantes, una fuente de mascarón, un elegante cenador, la vivienda del guardián, un pozo...
Alrededor de toda la finca se levantaba una tapia de protección compuesta de ladrillo macizo y en algunas partes con refuerzos de piedra y otros materiales.
Un rasgo distintivo de esta heredad de los Torre Bermeja era la alternancia de zonas casi totalmente silvestres con otras que mostraban huellas de intervención humana, tales como huertos, plantaciones y rosaledas. Se producía una armoniosa combinación, muy grata a los sentidos, entre lo natural y lo artificial, entre el monte salvaje y jardines y huertas bien cuidadas por los jardineros. Ese juego de espacios constituía uno de los factores que daba encanto a todo el parque y generaba un aura especial dentro de él. Probablemente, también y no en menor medida, confería magia y grácil belleza a la floresta la amplia variedad de plantas, especies de árboles y tonalidades de verde que estaban muy bien integradas dentro de un conjunto equilibrado, sin estridencias.
Además, en el parque de la quinta se distinguían varias alturas: elevaciones, también había cuestas, laderas y llanuras con prados y una hondonada por donde discurría el cauce del río. El paseante se deleitaba en el silencio apaciguador que envolvía toda la fronda, amenizado por las aves que de vez en cuando emitían leves trinos y gorjeos.
Cuando el clima se volvía benigno, tras los rigores de la época invernal, el conde acudía casi todos los años a la finca en compañía de su familia para descansar de sus ocupaciones habituales.
Aquellos periodos de reposo y quietud en un entorno natural ofrecían al conde más tiempo libre para pensar. De un tiempo acá, venía acariciando en la mente de manera secreta la idea de aumentar su riqueza patrimonial. La tradición secular de la familia añadida a su temperamento, de por si ambicioso, le guiaban en esa dirección.
En momentos de especial recogimiento y sosiego, el noble comenzaba a divagar y muy poco a poco, sus pensamientos se iban deslizando hacia otro ámbito donde eran sustituidos por imágenes. Sin darse cuenta, había entrado en el ámbito de las ensoñaciones y, en ellas, aparecían escenas en las que contemplaba medio ensimismado como su familia recuperaba el esplendor que tuvo antaño. El condado de Torre Bermeja en dichas recreaciones mentales era enaltecido y todas las metas del conde se mostraban ya cumplidas a cabal satisfacción. Bajo ese estado ensoñador, desfilaban ante los ojos de su imaginación una serie variopinta de personas, escenarios y figuraciones que cobraban apariencia de vida, adquiriendo como por arte de magia color y movimiento y eran tan nítidas que el propio conde quedó perplejo.
Un mayor estatus económico, más acorde con su destacada prosapia, reforzaría su posición social y, sin duda, pondría al alcance de su mano más posibilidades e influencia en todos los sentidos. Gracias a las condiciones idóneas, estaría por fin en disposición de cumplir sus metas. El titular del condado de Torre Bermeja tenía la aspiración de desempeñar cargos y dignidades de prestigio, asociados a sus correspondientes prebendas y, por supuesto, magníficamente bien remunerados con dinero procedente de las arcas estatales.
Además, un elevado rango económico le abriría las puertas de esferas de poder no sólo de carácter político sino también financiero y, con ello, el acceso a prebostes y dignatarios con quienes el aristócrata anhelaba codearse. Tenía muy presente la posibilidad de entrar en determinados "lobbies". Al conde le importaba una higa la mala prensa de tales grupos, justificada o no, así como las acusaciones de opacidad, injerencias y abusos de poder que se vertían sobre tales conciliábulos elitistas. Para sentirse atraído por ellos, le bastaba con saber que desde esas élites, extremadamente influyentes, se manejaban los hilos y resortes del poder con mayúscula, a menudo se marcaba el rumbo a presidentes de naciones, también a altos directivos de empresas clave en la economía e incluso se condicionaban las decisiones geoestratégicas más relevantes en el plano internacional a favor de ciertos intereses.
A sus parientes más capaces, competentes y dotados de astucia, sobre todo este último rasgo: dotados de astucia, conforme a lo previsto, les situaría estratégicamente en puestos de relevancia, por ejemplo, en consejos de dirección de empresas de fuste y si era factible, en corporaciones multinacionales o conglomerados empresariales, con preferencia, los dedicados a la inversión, lo cual contribuiría en última instancia a la pujanza y encumbramiento de la Casa Condal.
Según el parecer del conde, la aristocracia nobiliaria era insuficiente si no iba acompañada de aristocracia financiera. El Conde de Torre Bermeja, emulando las decisiones tomadas por otros nobles, a quienes conocía personalmente, pretendía en definitiva ligar los blasones al oro, de modo que su escudo familiar resplandeciera con renovado fulgor.
Cada vez que contemplaba el retrato de un insigne antepasado suyo en el gran salón de palacio emergían desde el fondo de su alma los deseos de ascenso, de reconocimiento. El conde quería para sí la misma prestancia y lustre que logró conseguir trescientos años atrás su más admirado ancestro: Don Álvaro Dos Sicilias, el Gran Conde de Torre Bermeja, Señor con facultad jurisdiccional sobre territorios que incluían una fortaleza de origen medieval, un sinnúmero de villas, feraces vegas y campos de labrantío. En aquella época el Gran Conde fue honrado por el rey con el nombramiento de ministro de su majestad, embajador plenipotenciario y, para terminar su carrera, a modo de brillante colofón, gobernador militar. Esa y no menos era la altura donde el aristócrata había situado sus ambiciones.
Para lograr sus objetivos, urdió un plan bastante minucioso y sin el menor titubeo, lo fue llevando a cabo, paso por paso. Primero, el secretario personal del conde acordó un encuentro entre el aristócrata y el alcalde de la ciudad de Toledo. Este reunión no debía constar en la agenda oficial del regidor y se llevó a efecto en un enclave discreto fuera de los confines de la provincia toledana.
Aun siendo hombre diestro en el arte de la retórica, el conde no tuvo necesidad de desplegar en la conversación sutilezas persuasivas. Sin apenas esfuerzo, logró convencer, o más bien sobornar al alcalde, quien no presento objeción alguna, para que convirtiera sesenta y tres hectáreas de la magnífica quinta en terreno edificable.
A cambio de esta operación de recalificación de suelo, el conde de Torre Bermeja estaba dispuesto a donar generosamente después de su muerte el espacio restante de la finca, a saber, cuarenta y nueve hectáreas al Consistorio de Toledo.
La noticia de este convenio circuló con presteza por los mentideros de la urbe toledana y, después, adquirió repercusión a escala provincial mediante canales televisivos, periódicos, gacetas y páginas "web" de noticias.
Tanto el edil como el aristócrata fueron vivamente elogiados en las noticias, a tal punto laudatorias que mas semejaban panegíricos que información periodística. Al alcalde se le describía como un político honesto y sin doblez que procuraba en todo momento el bien común, movido por un ánimo sincero de favorecer el pueblo. Por su lado, el conde de Torre Bermeja era presentado ante la ciudadanía como un prócer investido de excelsas virtudes, modelo de civismo y digno de ser imitado. Un benefactor cuya esplendidez y altruismo quedaban plasmados en la donación de un parque al Ayuntamiento y, por consiguiente, al conjunto de los agradecidos habitantes de Toledo.
Detrás el telón y a hurtadillas, se pusieron con suma cautela todos los medios para evitar escándalos. Hubo orden de bloquear información no conveniente que pudiera llegar -según la óptica del aristócrata- a periodistas chismosos e impertinentes, detectives policiales interesados en demasía por asuntos ajenos que no eran de su incumbencia o fiscales cuyo entendimiento se hallaba nublado por un excesivo celo profesional, ¡menudo tostón!
Puntos cruciales del acuerdo nunca llegaron a tener asiento en las páginas del convenio. Pocas semanas después del encuentro y siguiendo las directrices indicadas por el alcalde, los arquitectos municipales en colaboración con expertos en urbanismo comenzaron a trazar un Plan en Ensanche para la otrora capital de Reino Visigodo. Según este plan, la ciudad de Toledo debía expandirse precisamente hacia la zona del extrarradio donde se hallaban los terrenos propiedad del conde.
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Un lustro después de la muerte del conde, llegó por puro azar a oídos de un periodista residente en Talavera de la Reina y especializado en temas y reportajes de Económica un singular rumor. En una taberna del casco viejo de Toledo había un cliente, ya retirado, que decía haber trabajado como jardinero en la finca del conde y que hacía comentarios sobre una fabulosa fortuna.
Tales comentarios, de los que se enteró a través de una amistad, captaron el interés del periodista y, tras unos días de búsqueda, localizó al antiguo trabajador de la quinta, con quien mantuvo una charla. En el transcurso de la misma el jubilado amplió la información, aportando nuevos datos y pormenores. El jardinero relataba que durante un paseo que el conde de Torre Bermeja estaba dando por el jardín con un amigo suyo, caballero de porte tan distinguido como el del propio conde, oyó involuntariamente, detrás de un seto, cómo el conde con semblante ufano y lleno de jactancia, contaba a su acompañante que había realizado una operación especulativa de gran magnitud, maravillosamente rentable, a consecuencia de la cual consiguió hacerse con un inmenso caudal de dinero.
Tomando por base los testimonios de aquel antiguo empleado del conde, el periodista dio inicio a sus investigaciones. Su primera tarea, como es lógico, fue cerciorarse de la veracidad de los asertos pronunciados por el ex jardinero. Si eran ciertos o había indicios consistentes de que lo fueran, seguiría adelante con sus pesquisas.
Comprobó, tal y como afirmaba el jardinero, que las finanzas del conde había experimentado un incremento enorme en la época inmediatamente posterior a la firma del convenio entre el noble caballero y el Ayuntamiento.
El investigador dedicó muchas horas a consultar periódicos de años anteriores en la Hemeroteca, revisar los libros con las actas de la Asamblea Municipal de Toledo, examinar los contratos de recalificación de suelo aprobados por el entonces alcalde y entrevistarse con empresarios de la construcción que habían desarrollado su actividad en la provincia toledana. En caso de que hubieran fallecido, se ponía en contacto con sus hijos o viudas.
Fue recopilando de este modo un volumen muy considerable de datos e informaciones, extraídos de diversas fuentes. Con la debida paciencia, para no cometer los errores que suelen derivarse de la precipitación, contrastaba los datos obtenidos y los analizaba cuidadosamente, por si acaso hubiera en ellos contradicciones, incoherencias, lagunas, falta de documentación u otro tipo de pruebas para sostener determinadas afirmaciones.
A medida que sus indagaciones avanzaban, el número y gravedad de las dificultades que iba encontrando para realizar su labor investigadora aumentaba de manera ostensible. Pistas falsas, casi con seguridad colocadas adrede por una mano misteriosa, documentos en el Archivo Municipal de Toledo a los que no pudo acceder debido a requisitos burocráticos imposibles de cumplir, informantes que al principio estaban dispuestos a hablar y luego temerosos se echaban atrás, también recibió "watsapps" y llamadas telefónicas amenazantes... En resumen: un sinfín de escollos. Pese a esta sucesión de obstáculos y trabas, el periodista nunca cejó en su empeño. Para él y en coherencia con su escala de valores, la búsqueda de la verdad estaba por encima de las barreras y contrariedades, cualquiera que fuese su naturaleza.
Lo que más le dolió en el corazón y en su orgullo como profesional del periodismo con años de experiencia fue el veto impuesto por los directores de periódico, algunos de ellos compañeros suyos cuando siendo jóvenes estudiaban en las aulas de la facultad de periodismo; entre estos directores se encontraba incluso un buen amigo... ¡qué decepción! Los directores de periódico se habían confabulado para prohibirle publicar noticias referidas directa o indirectamente con el conde de Torre Bermeja, la quinta que fue de su propiedad, el ex alcalde, el partido político al que este pertenecía, el convenio, tramas ilícitas, un hipotético enriquecimiento fraudulento, tanto por parte del señor conde como de algún otro miembro de su eminente familia.
Después de un año de trabajo recopilando datos así como analizándolos: su grado de relevancia, de fiabilidad y de certeza, llegó el momento de atar cabos y sacar conclusiones bien fundamentadas.
Un concienzudo estudio de toda la información reunida le condujo a la siguiente conclusión: El conde de Torre Bermeja por la venta a distintas empresas constructoras de cuarenta y nueve hectáreas de su quinta, cuya consideración legal el ex alcalde había cambiado, mediante pacto oculto entre ambos, de rústicas a urbanizables, multiplicando así su precio, había obtenido en torno a ochocientos setenta millones de euros, una suma ciertamente astronómica.
El periodista intentó en vano entrevistar al ex alcalde, pero este político ni tan siquiera residía en España. Como máximo, el periodista consiguió descubrir, no sin sudor y esfuerzo, que el ex alcalde de Toledo estaba afincado en una Isla del Archipiélago de las Bahamas, donde llevaba una vida principesca, entre lujos, placeres de toda laya, restaurantes de postín, trajes carísimos, vehículos de alta gama, fiestas exclusivas, viajes en crucero, había comprado un yate... Pero fue del todo imposible determinar su paradero con precisión: la isla, ciudad, mansión y dirección concretas donde habitaba, disfrutando y presumiendo de un elevado estándar de vida.
Aunque estaba rodeado de múltiples deleites, diversiones y comfort, el antiguo edil guardaba dentro de sí un impedimento que ensombrecía el disfrute en plenitud de su nueva vida. El ex alcalde, que procedía de una familia muy modesta, siempre había envidiado al conde por numerosas razones: su estilo de vida, los dos palacios que poseía, uno particularmente suntuoso, la opulencia de su linaje, los servicios prestados por sus egregios antecesores a la Corona, su privilegiada posición social, entre lo más granado de la sociedad, su existencia regalada y sin complicaciones, su pulcritud en el vestir, su cortesía y exquisitos modales, su empaque y seguridad en sí mismo,...
La vida del ex alcalde era la antítesis de la suya. Nacido en una aldea casi deshabitada, en el seno de una familia de extracción humilde, sin apenas recursos económicos y, para empeorar las cosas, huérfano de padre a los cinco años, su madre se vio obligada a pedir ayudas a las instituciones de beneficencia, desde muy niño tuvo una vida de estrechez y penuria, caracterizada por continuos sacrificios, en pugna contra la adversidad, de joven trabajando y estudiando a la vez, alojado en fondas de baja estofa, donde tiritaba de frío... una situación que sólo mejoró hasta cierto punto cuando, ya pasados los cuarenta años y tras ser concejal una legislatura, fue nombrado alcalde de la ciudad de Toledo, capitaneando una coalición de formaciones políticas denominada "Avance Popular".
La diferencia entre ambas vidas era abismal y, según el, tan injusta, que fue alimentado en su interior durante años sentimientos de envidia, soterrados e inconfesables -no se lo transmitió a nadie jamás-, una extraña y densa mezcolanza de recelo, animadversión y sordidez. Algunas veces, ese resentimiento que consideraba mezquino, incluso le hacía sentir bastante mal, ya que experimentaba vergüenza por ser así. Ese resquemor persistente y poco menos que invencible, como indica la expresión coloquial, le aguaba la fiesta con cierta frecuencia. En realidad, el exalcalde era literalmente incapaz de admitir que su fortuna y status económico presentes se lo debía casi por completo al hombre por el que sentía un profundo rencor.
Por supuesto, había acortado distancias con respecto al conde y se había aproximado un tanto al estrato social al que pertenecía el aristócrata, había podido comprar una mansión lujosa en la isla, ya no necesitaba trabajar, invertía parte de su dinero en paraísos "off shore", lo que le reportaba pingues beneficios, se relacionaba habitualmente con personas pudientes, pero superar aquella envidia de honda raíz que sentía por el conde de Torre Bermeja parecía un reto superior a sus fuerzas.
Proyectando una mirada reflexiva hacia el pasado, tampoco en la vida del conde había sido todo maravilloso: una sucesión de éxitos y logros alcanzados, como pudiera pensarse en una primera impresión superflua. Embebido como estaba en una carrera sin fin hacia la obtención de cotas cada vez mayores de poder, el conde jamás fue realmente consciente de que se hallaba atrapado en un tipo de obediencia ciega que suponía un menoscabo de su libertad. Había entregado sus afanes, su espíritu y gran parte de su tiempo vital a la incesante búsqueda y acumulación de poder. Por esta razón, se había convertido en un ser, en cierto modo, privado de voluntad, sometido a los dictados y condicionantes del deseo apasionado de conseguir más poder y dominio, a cualquier coste. Aunque su orgullosa altivez nunca le habría permitido reconocerlo, el aristócrata se encontraba de manera irremisible bajo los efectos del magnetismo subyugante que sobre ciertos seres humanos ejerce el poder y todo cuanto lo rodea.
En lo concerniente al tenaz periodista, este había seguido con sus investigaciones y los datos recopilados arrojaban luz sobre la lista de beneficiados de aquella gran operación de recalificación de solares. No fue el antiguo edil el único en recibir la lluvia áurea de premios y recompensas concedidos por el aristócrata a los cooperadores que intervinieron en la operación especulativa. Al parecer, el señor conde -alguien lo comentó- detestaba la palabra "cómplices", que se le antojaba plebeya y malsonante y por ello prefería decir "cooperadores".
Cada uno de los concejales de la coalición de partidos políticos que ostentaba el poder a la sazón en la Asamblea del Ayuntamiento, recibió en pago a su colaboración un chalet recién edificado y a estrenar en una urbanización moderna y lujosa, circundada por parques, jardines y bosquetes de pinos, equipada con piscina olímpica, polideportivo, un club náutico en plena campiña idílica con un puerto a la orilla a un lago donde se podían practicar deportes acuáticos. La urbanización contaba con un supermercado de marca alemana, un mesón-restaurante galardonado por la calidad de sus platos, una clínica médica, la sede de un banco y cámaras de videovigilancia y seguridad privada.
De forma unánime, los concejales mencionados se dieron de baja en las listas del sindicato obrero al que estaban adscritos. Varios entre ellos, que eran líderes de esa organización sindical, olvidaron por completo las soflamas encendidas, la retahíla de consignas gritadas a coro, las demandas, quejas y protestas, la denuncia de agravios e injusticias que brotaban en los discursos que ellos mismos, en tono indignado cuando no exaltado, puño en alto, pronunciaban ante los trabajadores en las jornadas de huelga, mítines, manifestaciones callejeras y enfrentamientos con la policía...
Nada quedó de aquel solemne juramento por el cual los lideres sindicalistas, leales a la causa, se comprometían a defender los intereses de los obreros, la capa social de la que provenían los propios representantes sindicales. Dicha promesa se esfumó lentamente en el aire, como las volutas de humo que desprenden las varillas de incienso. Desde que recibieron en mano las llaves de los chalets, estos concejales también dejaron de militar en el partido político de corte reivindicativo con el que ganaron las elecciones municipales a la alcaldía de Toledo y en lo sucesivo nunca más se interesaron por asuntos políticos. A partir de entonces, de hecho, la política en general no les provocaba sino bostezos, pues resultaba para ellos un tema prosaico, insulso, muy distante e insufriblemente tedioso.
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